lunes, 2 de enero de 2012

Silencio

Está tu silencio y está el mío.
Tu silencio es un dibujo en el vacío,
algo sin forma que modelo con un deseo difuso.
Cuando bajo la guardia,
oigo salir una tregua de tu boca tiesa.
Tu silencio huele a ilusión resucitada.
Mi silencio se aferra al tuyo
y esconde su ruidoso miedo.
El tiempo y el cuerpo se detienen esquivos,
y me dejo varado en la estación de un tren que ya no pasa.
O lleno tu silencio de cualquier cosa
y me armo una comodidad boba y fugaz.
Porque tu silencio es una enredadera en mis pensamientos,
una flor que huye,
una madeja negra en la que me revuelco un rato.
Pero voluntariosamente, retomo el habla
y la hermosa contradicción de sentir que hasta la verdad más pesada, me alivia.
Siempre vuelvo a las palabras y exorcizo el silencio,
al menos el mío.
El tuyo, por lo pronto, no dice nada.

martes, 20 de diciembre de 2011

París

- Yo estaba en París. Estaba por esas calles que inundan los pulmones de olores nuevos, esos colores que invitan no perderlos de vista ni un segundo. Una mañana hermosa, el sol de París, como si fuera otro sol, más brillante, redondo en todo sentido, perfecto. Como esos arbustitos de Versallles, cortados con regla, con escuadra, sin una hojita fuera de lugar. Esa perfección me inspiraba a ser perfecto, en mi mente sólo aparecían ideas perfectas, sentimientos perfectos, pensamientos puros, sanos, ideales. Recuerdo el placer de ese desayuno, yo me daba ciertos gustos, era la primera vez que estaba en París, y uno nunca sabe si es la última, ¡qué ricas esas delicias francesas!, los croissants, los macarons, hacía mucho que no sentía unas caricias como las que estaba sintiendo mi paladar. Todo aquello era muy distinto a la angustia, ese sol estaba tan lejos de la oscuridad, que parecía que la noche no iba a llegar nunca.
Caminé por esas callecitas y caminar no era poner un pie detrás del otro, a cada paso la vida era mejor, esos adoquines eran irregulares y sin embargo no me cansaban los pies, esa rutina no me agobiaba, no me alienaba, mi odio sucumbía ante la magia obscena de esa felicidad. Y me arrepentía por no haberlo hecho antes, al final era tan simple, era cuestión de decidirme, y la plenitud que se siente al cumplir un sueño no distingue de lazos ni de moral, los deseos indecentes también nos hacen dichosos, pensaba.
Yo estaba en París, quizás en ese momento estaba tomando un café al caer la tarde sobre Champs Elysees, me acuerdo que daba sorbos pequeños para disfrutar cada gota, cada instante. La camarera que me lo trajo a la mesa era de una belleza dulce, era joven y simpática, en sus ojos se notaba que no era capaz de ningún tormento, de despertar ninguna ira. Cuando se inclinó para apoyar la taza, pude ver un poco de su ropa interior, estaba extasiado por tanto estímulo visual, tanto que confieso haber tenido una erección, confieso también que de no haber sido por mantener ciertos modales, no hubiese esperado a llegar al hotel para masturbarme, como lo hice. Yo no se si usted ha ido, pero en París , la felicidad es tanta, que adormece los deseos más perversos, a mi me hacía sentir realmente un hombre de bien, ese idioma tan romántico, esas luces, creo que en ese contexto era más posible el amor.
Recuerdo la cena de ese día y ese vino francés, aún lo puedo sentir, ¡qué manjar! ese vino era más rojo que todos los rojos, ese vino corría por las venas, o mejor dicho era un río, era un rojo trágico y profundo, apasionado, fatal, tan hermoso que me dolía. Había pedido carne, era un corte parecido al solomillo, yo estaba cansado, muy cansado de caminar, casi jadeante. A los pocos segundos de ver la carne en mi plato, hundí el cuchillo con determinación, con entusiasmo, con ese torbellino de ansiedad que generan el hambre y el amor, o el odio. En ese instante sentí que realmente ya no necesitaba nada más, que ya estaba en paz.
Creo que ya le he dado bastantes detalles, no se que más quiere saber. Le repito señor juez, que el día que la mataron, yo estaba en París.

martes, 13 de diciembre de 2011

Turistas

Seamos turistas, aprovechemos cada segundo y cada olor.
Vayamos así como estamos, con las zapatillas rotas o con ampollas, da igual.
Inauguremos los ojos.
Estemos sin saber adonde ir, y vayamos exactamente a ese lugar.
Llevemos la mochila llena de nada y con nada seamos sólo lo que somos, o sea todo.
Probemos comidas nuevas y que nos piquen los mosquitos, total las ronchas se van.
Comamos este viaje con la mano, seamos menos civilizados.
Que el sentido no sea tan común.
Seamos turistas, y visitémonos hoy.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Paraná

Miro alrededor y está lleno de pescadores. Algunos más profesionales, otros más improvisados, todos con cajitas donde guardan elementos, yo les diría “cositas”, cositas desconocidas para los que como yo, no sabemos nada de pesca.

(Sentado frente al Paraná, me pregunto qué vine a pescar)

Como hacemos con el fuego, todos miramos el agua con la misma fascinación. Son ojos de apostador clavados en un paño húmedo, pero la expectativa es calma.

(Vine a pescar una sorpresa. Quizás)

Pienso en la fe del pescador. No es obstinación, no es terquedad, la fe del pescador está criada en los surcos de la paciencia. En horas y días de nada. El pescador se fortalece en la derrota, la espera le infla la convicción. El cree fervientemente que segundo a segundo, construye lo que merece.

(Vine a pescar una recompensa. Puede ser)

El pescador maneja cierta información, sabe que por esta zona anda tal pez, sabe cuál es la carnada y cómo arrojar la línea. Sin embargo la ceremonia está ausente de certezas. Intuye, especula, adivina, pero acá todo es del orden de lo potencial. Hasta que la cosa no sucede, no sabe que carajo va a salir.

(Vine a pescar lo que estoy pescando. Eso)

sábado, 29 de octubre de 2011

Palabras, palabras.

Algunas por poco dichas

se sienten ajenas,

sonidos que no suelen modularse,

extranjeras en mi lengua a veces seca.

Otras brotan y se escapan,

livianas por recurrentes, vuelan.


Encorsetadas o muy flojas,

apenas matrices, etiquetas,

nunca precisas,

nunca certeras,

a veces me amputan

y otras veces me completan.


El romance, la pena,

el enojo, la declaración tierna,

presos de sus vocabularios se mezclan,

se disputan mis labios y en la pelea,

se sale del libreto,

alguna palabra verdadera.

lunes, 10 de octubre de 2011

Foto

Uno miraba la tele, el otro la compu. El aroma que venía de la cocina nos ubicaba cercanos a la cena, había comentarios esporádicos, triviales y profundos, como un zapping de emociones: a "esta casa es una heladera" le podía seguir "debe ser que todavía estás enamorado de ella".
Tácitamente se dividieron las tareas, uno puso la mesa, el otro sirvió.
Después de comer y hacer un rato la digestión, nos despedimos con un abrazo en la puerta y algún chiste de ocasión.
Otras noches y otros días, habíamos intercambiado secretos, habíamos viajado y creado historias nuevas. Se nos había roto la panza de tanta carcajada y humedecido los ojos por ciertos nudos en la garganta, nudos que nos ayudamos a desatar.
Esa noche tan huérfana de palabras fue sin embargo, hija de miles de ellas.
Esa noche en silencio, fue otra foto de nuestra profunda amistad.

lunes, 3 de octubre de 2011

Abrir, cerrar y abrir.

Cuando nacemos, un cordón nos une a nuestra madre, ese cordón se corta, la carne se abre y se cierra. Abrimos la boca y lloramos, la cerramos, y la volvemos a abrir.
En un “abrir y cerrar de ojos” somos grandes. Los días, los grados, los ganchos de la carpeta, los amigos, los cajones, los breteles, las valijas.
Seguimos abriendo y cerrando.
Un día el primer metejón nos abre el pecho y así andamos, meta sístole y diástole. Esa hiperventilación tiene un final y hay que cerrar, vendar. Tarda, pero con el tiempo, y a pesar de rascarnos la cascarita muchas veces, cierra. Finalmente cierra.
Y a pesar de seguir abriendo y cerrando, nos resistimos.
Y muchas veces vamos en contra de los sucesos.
Tenemos miedo y no queremos cerrar. Nos atamos las manos para no abrir.
Hacemos fuerza.
Pero de tanto cansarnos, escuchamos al cuerpo y vamos aflojando las cerraduras. Y empezamos a caminar más livianos, sin candados que pesen.
Dejamos que el viento haga lo suyo.
Y la lágrima que moja lo viejo, riega lo nuevo.
Y después del último beso, llega el primero.
Porque todo lo que abre cierra, y todo lo que cierra, abre.